El ‘lado B’ de las nevadas: familias con frío en casas de madera y nylon de Mendoza

Cómo soportan las inclemencias del tiempo miles de mendocinos que habitan precarias viviendas. Se espera una semana gélida en la provincia.

Cómo soportan las inclemencias del tiempo miles de mendocinos que habitan precarias viviendas. Se espera una semana gélida en la provincia.

Temperaturas bajo cero y un anochecer de martes con nieve que tuvo su desenlace con un amanecer de miércoles cubierto de blanco. La gélida temperatura fue noticia durante los últimos dos días, y en los medios y redes sociales no faltaron las fotos y videos de postales nevadas y de personas jugando, celebrando y bailándole a la nieve.

Pero, como cada vez que se registran estas situaciones; existe un Lado B, poco feliz. El de cientos y miles de familias mendocinas que tienen lo justo y necesario para vivir (o sobrevivir), y quienes padecen el carne propia el frío inclemente. Como también les ocurre con las tormentas e inundaciones de verano-.

Para estos mendocinos -como ocurrió con varios vecinos de los barrios Evelyn y Grili, de Puente de Hierro (Guaymallén)-, el frío y la nieve se transformaron en motivo de insomnio (en muchos casos) durante las últimas noches.

“Acá el frío pela, todos tenemos casas precarias. Nos calefaccionamos con un hornito eléctrico, pero tenemos que ponernos toda la ropa, una encima de la otra”, sintetiza Patricia Evangelista (38), quien vive en el límite entre Puente de Hierro y Los Corralitos.

Teniendo en cuenta que el acceso a la luz que tienen -no solo ella, sino la totalidad de los vecinos de esos barrios precarios- es clandestino; es clave no dejar el hornito – estufa prendido durante mucho tiempo. “Arrancamos a las 7, cuando los chicos van a la escuela. Y la apagamos definitivamente a las 22. Pero la estamos prendiendo y apagando durante todo el día”, acotó la mujer, que vive con su esposo (trabaja haciendo changas de electricidad en la zona) y sus tres hijos de 10, 5 y 2 años.

“Acá hay mucha pobreza, más que nunca. Hay días en que yo voy a la feria y me traigo la comida que sobra y que no venden para poder comer. Carne y leche no come nadie en la zona, son lujos. Los desayunos son té y un pedazo de pan, cuando alcanza”, resumió la mujer. Y agregó con la voz entrecortada: “he llegado a dejar de comer yo para que alcance para los chicos”.

Si bien es ama de casa, hasta la semana pasada ‘Pati’ estuvo trabajando en la construcción, ayudando en unas casas que levantaron cerca de su casita de madera y nylon (y que tiene una sala separada en el patio con un pozo, y que hace las veces de baño para la familia). Eso le permitió construir un sobrepiso de cemento (con material que le donaron). “Comprar una garrafa es imposible, porque sale 360 pesos y no dura ni un mes. No es solo el invierno; en verano es el otro extremo: nos hervimos. Y nos inundamos y llenamos de barro” sintetizó la mujer, señalando el rinconcito donde se ubican los 5 cuando llueve (y que no se moja porque no hay goteras). Los mismos 5 que por estas noches duermen lo más juntos posible, para intentar paliar el frío.

A unas pocas casas de Patricia y su familia vive Hilda Morales. Bajo el mismo techo de la joven de 24 años -también de nylon y de madera- conviven su pareja y sus dos hijos de 4 años y 3 meses.

“Mi esposo trabaja en un galpón, está en blanco pero no gana mucho. Hace un año estamos acá, por lo que este es nuestro segundo invierno. Y se hace difícil”, resume la mujer en el comedor, que está separado de las camas por algunas telas y cortinas.

“Es difícil calefaccionarse acá. Tenemos una estufita eléctrica chiquita y no puede estar prendida todo el día. Por eso la prendo bien temprano y ya cuando empieza a anochecer (NdA: algo que en invierno y en días como ayer sucede antes de las 18)”, explicó la joven. Detrás de ella hay una mesa con unas 50 botellas PET con agua en su interior. Al igual que la que traen en tachos la usan para consumo, bañarse, cocinar y lo que sea que necesiten. “No alcanza con la estufa, por lo que tenemos que ponernos todos los abrigos. Y meterse bajo la cama, tapados con todas las colchas. Como para sufrir menos el frío”, sé sinceró. A pocas cuadras vive la mamá de Hilda, y hacia allí se mudan ella y sus hijos cuando los niños se bañan. Para aprovechar la salamandra, y tener un poco más de calor.

“Una garrafa es imposible porque sale más de 300 pesos. Y para poner una estufa, necesitaría primero construir una base de cemento porque como es todo de madera y nylon, se va a incendiar”, agregó.

Al igual que Patricia, la joven madre aseguró: “Es muy difícil, casi imposible, llenar una olla todos los días. Pero por suerte -y hasta ahora- podemos hacerlo. Apenas pueda quiero construir una casa bien”.

Fuente; Los Andes