Escudo de las Américas: Trump estrecha el cerco contra Cuba

Luego de la cumbre presidencial con Donald Trump del 7 de marzo, en la que se conformó la coalición de derecha Escudo de las Américas, finalmente quedó conformado el cerco contra Cuba.

Luego de la cumbre presidencial con Donald Trump del 7 de marzo, en la que se conformó la coalición de derecha Escudo de las Américas, finalmente quedó conformado el cerco contra Cuba.

Rodrigo Chaves, presidente de Costa Rica; Luis Abinader, de República Dominicana; Nayib Bukele, de El Salvador; Tito Asfura, de Honduras; Mohamed Irfaan Alí, de Guyana; José Mulino, de Panamá; y Kamla Persad-Bissessar, de Trinidad y Tobago conforman el subgrupo de El Caribe que operará de manera subsidiaria a la Casa Blanca (o al estilo “proxy”) para profundizar el bloqueo frente a Cuba. El objetivo final no sería otro que provocar la caída del gobierno de Miguel Díaz-Canel, en lo que el caudillo republicano caracterizó, apenas, como una “toma amistosa”.

A diferencia del apetito insaciable frente a los recursos estratégicos existentes en Venezuela e Irán, la ocupación de Cuba sería para el gobierno de Trump una conquista moral, bajo la certeza de que el “bien” triunfa sobre el “mal”, o de que la “libertad” prevalece siempre sobre la “opresión”.

Se suma también la megalomanía del viejo caudillo que con su anhelado paso triunfal por La Habana espera ocupar un lugar en la historia nacional por encima de Ronald Reagan, primer impulsor del modelo neoliberal y del posterior quiebre del bloque soviético; de Franklin D. Roosevelt, el líder político de los aliados frente al Eje nazi fascista en tiempos de la Segunda Guerra Mundial; y, sobre todo, de su admirado William Mc Kinley quien, entre 1897 y 1901, se convirtió en el principal arquitecto del imperialismo estadounidense con la anexión de Hawaii, la planificación de lo que luego sería el Canal de Panamá, una mayor presencia norteamericana en Venezuela frente a la amenaza de la Guyana británica, y la intervención armada contra España para favorecer el control sobre sus ex colonias Puerto Rico, Guam, las Filipinas y Cuba…

Neutralizada la amenaza venezolana y reconvertida en algo todavía confuso e incierto, solo subsiste Cuba, con su simple existencia, para denunciar los arrebatos expansivos e imperiales de un gobierno dispuesto a todo para reconfigurar la geopolítica global a su favor y de acuerdo con sus propios requerimientos.

Con una salvedad: Estados Unidos se asume hoy destinado a confrontar violentamente con otras potencias o con aquellos regímenes a los que considera como una amenaza para la paz. Según el criterio desenvuelto desde la Casa Blanca, Cuba requeriría otra estrategia, en la que pese más la presión económica que el impulso político y, por supuesto, que el arrebato bélico.

Y no será únicamente desde Washington que se lleve adelante el asedio que derrumbe a ese Estado surgido desde la popular revolución del ’59. De ahí que se considere necesaria la cooperación de un grupo de naciones dispuesto a asumir buena parte del costo de una tarea difícil, pero que, en la creencia de los estrategas del Pentágono, pronto será redituable para el territorio caribeño, históricamente concebido desde Washington como un laboratorio social para la experimentación de procesos políticos luego exportables a otros confines del planeta.

Pensado inicialmente como una coalición militar destinada a enfrentar a los carteles del narcotráfico en América Latina, en realidad, el Escudo de las Américas será multipropósito, de acuerdo con las necesidades y con la conveniencia trazada desde Washington, y que irán desde la lucha contra el narcotráfico a la preservación de un “espacio vital” en contra de la cada vez más intensa ofensiva comercial china.

En lo que no hay dudas es que el Escudo se transformará en un ariete ofensivo cuando se trate de fortalecer el sitio contra Cuba.

En Miami, Trump fue claro y explícito al respecto: “Muchos de ustedes han venido hoy y dicen: ‘Espero que puedan encargarse de Cuba’. Porque tienen problemas con Cuba, ¿verdad? Me sorprendió, pero cuatro de ustedes dijeron: ‘¿Podrían hacernos un favor? Cuiden de Cuba. Yo me encargo, ¿de acuerdo?”. Las aclamaciones de los coaligados no se hicieron esperar, sobre todo frente al interés por dejar a Cuba al “cuidado”, nada menos que del mandatario estadounidense…

Los mandatarios de Centroamérica y el Caribe presentes en la cumbre mantienen fuertes lazos de dependencia con los Estados Unidos y operan hoy, mayormente, como regentes de países que, desde Washington, son considerados como simples enclaves neocoloniales.

Ya sea porque estos dirigentes creen que acatando a Trump garantizan su estabilidad o, apenas, su permanencia en el cargo, o por identificación ideológica con los rasgos autoritarios del republicano, o por devolución de favores para llegar a la presidencia, o por motivos simplemente económicos, lo cierto es que Washington ha logrado crear una base de apoyo político en El Caribe como no ocurría desde hace varias décadas.

El caso de Nayib Bukele probablemente sea el más conocido: no solo por su política autoritaria y por su sistema de seguridad impuesto en contra de las maras, sino también por incluir tempranamente a las cárceles de El Salvador como asilo temporario para los migrantes deportados por Trump. Últimamente, también se destacó la figura de Tito Asfura, el candidato de la Casa Blanca, en unas reñidas elecciones generales en Honduras que tuvieron a la región en vilo durante casi un mes sin que se conocieran los resultados definitivos.

Junto a los anteriores se encuentra también el dominicano Luis Abinader, quien, a fines de noviembre de 2025, cedió parte de la base aérea de San Isidro y del Aeropuerto Internacional de las Américas, para su uso militar por Estados Unidos y para su avanzada contra Venezuela y Cuba. En tanto que Mohamed Irfaan Alí fue sostenido como un aliado estratégico en contra de Nicolás Maduro y, sobre todo, frente a la disputa por el Esequibo, región limítrofe con Venezuela y con extensos yacimientos de petróleo que todavía están sin explotar.

La cadena de favores (y también de presiones) es mucho más amplia. La trinitaria Kamla Persad-Bissessar no solo apoyó los ataques de Estados Unidos a embarcaciones supuestamente vinculadas con el narcotráfico, sino que también dio apoyo logístico a la incursión armada contra Venezuela el pasado 3 de enero.

Por su parte, y como Rodrigo Chávez se encuentra en el tramo final de su mandato, también asistió a la cumbre su sucesora electa, Laura Fernández, quien triunfó en las pasadas elecciones presidenciales apelando a un discurso de “mano dura”, por el que hoy es conocida como “la Bukele de Costa Rica”. Pero quien seguramente será el aliado más problemático en Centroamérica es José Mulino, titular de Panamá, con el canal interoceánico convertido en un activo estratégico deseado por Trump en su máxima pretensión por controlar a China en el comercio con América Latina.

Más allá del alineamiento con Trump, lo más probable es que pocos o, tal vez, ninguno de los mandatarios de este bloque, se defina solo por un auténtico sentimiento anticubano, tal como lo profesan el secretario de Estado Marco Rubio y otros altos funcionarios del régimen republicano. Lo que, sin duda, torna aún peor la posición política de este bloque de líderes caribeños y centroamericanos frente al inhumano asedio que amenaza hoy la supervivencia de Cuba.

Fuente: Página 12