Don Juan y la ancestral industria del junquillo, el recurso de los humildes de La Paz, Mendoza
Don Juan Escobosa es un personaje entrañable de La Paz. Desde su almacén, el único del pueblo, comenzó a comprar junquillo, ancestral materia prima para fabricar escobas, recurso a mano de los humildes
22/09/2023 MUNICIPIOSDon Juan Escobosa es un personaje entrañable de La Paz. Desde su almacén, el único del pueblo, comenzó a comprar junquillo, ancestral materia prima para fabricar escobas, recurso a mano de los humildes
Así como el corazón de los ancestrales habitantes de Mendoza se aferraban a las arenas de este desierto, y aprendieron a vivir de sus ocultos y escasos recursos; una planta emblemática, el junquillo (sporobolus rigens) arraiga en las arenas y señala el camino sobre como sobrevivir en este cuyum mapú -país de las arenas-. Este pasto es parte de nuestra cultura, y base de una microeconomía de supervivencia y materia prima de la que disponen.
Así como los huarpes descubrieron y usaron sus propiedades, para cestería y otras manufacturas -su tejido apretado era impermeable y servía para recipientes de agua- los actuales habitantes de los secanos cortan estos pastos y los venden para la fabricación de escobas. También aún persisten algunos artesanos que lo trabajan como lo hacían los pueblos originarios. Un mendocino destacado de La Paz, aún mantiene un comercio tradicional para el junquillo.
Este recurso que significa el junquillo es utilizado por familias enteras que lo cortan de los campos y riberas de los ríos, y lo venden a mayoristas. Uno de estos pequeños «mayoristas» es un querido vecino de Villa Antigua, de La Paz, Juan Escobosa. «Comencé con esto de vender junquillo en los años ’80. Tengo un almacén desde que era joven, y venía mucha gente que cambiaba ataditos de junquillo que cortaban en el campo por mercadería o algo de plata», recordó don Juan Escobosa, de 78 años.
La ventas son pocas y las ganancias magras, para un mercado cada vez más chico, por el reemplazo de los materiales sintéticos.
«La gente venía del campo a cambiarme ataditos de junquillo a cambio de mercadería. Me daba mucha pena y se los empecé a comprar. Con el tiempo fui buscándole la vuelta para venderlo y sacar alguna ganancia»
El junquillo, el recurso de los paceños humildes
«Poco a poco aprendí a trabajarlo al junquillo. A secarlo y a elegir los mejores, que luego se venden a los fabricantes de escobas. No solamente en Mendoza se vende este pastito, sino que ahora tengo clientes en Buenos Aires, Santa Fe y otras provincias», dijo Juan.
El tema del comercio comenzó precozmente en la vida de Juan. «Yo trabajaba en el negocio de un tío, en La Paz, en el año 1960. En ese entonces, en la villa (cabecera) a la 1.30 se apagaban las luces y quedaba todo a oscuras. Los negocios o los boliches, tenían que avisar a los clientes que en unos minutos se cerraba todo, y los despachaban a sus casas antes del apagó», recordó el casi octogenario sobre aquellas épocas en que la luz eléctrica era suministrada por un generador (con motor a explosión), y en un horario fijo.
«A los 18 años me vine a la Villa Antigua, porque heredé un terreno de mi abuelo, y aquí puse un pequeño almacén, que es todavía mi principal fuente de ingresos y con el que pude criar a mi familia. Lo del junquillo llegó con el tiempo, y fue más para darle una mano a la gente que lo cortaba en el campo o en el río Tunuyán, que pasa cerca».
«Con el tiempo conocí a un hombre que tenía una pequeña maquinita con la que se cortaba el junquillo y se hacían pequeños fardos. Así conseguí luego a un transportista de Palmira, que comenzó a llevarme los pedidos que me hacían», manifestó el hombre que fue concejal en la década del ’90 y hace poco elegido como Comerciante Destacado de su departamento.
«Mi familia está compuesta por mi esposa, Stella Marys Nieto, que tiene 64 años, y mis hijos Fernando Iván (48), María Alejandra (32), y Juan Antonio (31). También tengo cinco nietos: Matías (30), Mara (11), Santiago (11), Joaquín (5), y Franchesca (3). Aunque la mayoría tiene otras actividades y trabajos, todos están involucrados con el almacén, y también con el tema del junquillo, que a los chicos les llama la atención», detalló don Escobosa.
De Orozco a Escobosa, los compradores del «oro amarillo» de los médanos
«Acá en casa, cuando tengo un descanso en el almacén, me voy al patio y trabajo con el junquillo. Mientras descanso, trabajo (risas). Toda mi vida he trabajado, y pienso hacerlo hasta que Dios diga basta», finalizó orgulloso don Juan, el que aún le da vida a una «changa» que tienen a mano los paceños, y que nada menos que un ilustre paceño, el poeta y músico Félix Dardo Palorma, le cantó con cariño.
El querido colega Sergio Robles, también de los pagos de estos esteños, recuerda que «todo el mundo, cuando necesita algo de plata acá en La Paz, sale al campo y corta junquillo. No se gana mucha plata, en realidad es muy poca, pero no hay otro modo a veces de hacer un dinero extra, ese que falta siempre».
El mismo Tano Robles, amante del folklore, señaló la existencia de esta «canción pastoril» de Palorma, que pinta como un cuadro cómo es la precaria industria del junquillo y qué significa para estos mendocinos.
«Del Tunuyán, la costa, médano y río. Un paceñito busca, su oro amarillo. Es un sueño dorado el montecillo. Guadaña y corte al largo de lo exigido. Requisando va el padre, lo sigue el niño, por si entre el junco duerme algún ofidio. [… ] Hebras de juncos verdes, ya han separado que, al atar no se quiebre (Si hay que anudarlo). Veinte ataditos lleva cada paquete (¡Cuándo tendré veinte años para tenerte!) Dinero de pobreza qué poco ayuda. Es Orozco el que compra plata segura», canta esta joya del cancionero cuyano, obra del poeta mendocino fallecido en 1994, también autor de otro himno costumbrista local: Póngale por la hileras.