Encuentro global progresista frente a la crisis: El avance de la derecha comienza donde nosotros fallamos

Barcelona te descoloca. No por lo que muestra, sino por lo que deja flotando. Hay algo en el aire que no se ve, pero se siente.

Barcelona te descoloca. No por lo que muestra, sino por lo que deja flotando. Hay algo en el aire que no se ve, pero se siente. Penetra las paredes, fluye por las veredas, está presente en las conversaciones cortadas a mitad de frase, en los gestos de dirigentes que vienen de realidades muy distintas pero cargan una preocupación parecida. No es solo una ciudad. Es un punto de encuentro donde la política deja de ser discurso y se vuelve clima.

Con un conjunto de compatriotas arribamos con una idea clara: escuchar, intercambiar, aportar e intentar comprender. Pero ese orden se rompe rápido. Porque lo que aparece no es un diagnóstico nuevo, ni una discusión académica. Es algo más incómodo. La democracia está en disputa, se deshilacha en distintas regiones. Se desgasta cuando el insulto reemplaza al argumento, cuando el adversario deja de ser interlocutor y pasa a ser enemigo, cuando el miedo empieza a rendir más que la esperanza, cuando la concentración de la riqueza se vuelve obscena.

Más de cinco mil personas. Más de cien fuerzas políticas. Idiomas distintos, trayectorias diversas, historias incluso contradictorias. En cada panel, en cada charla informal de la Global Progressive Mobilisation, una palabra vuelve una y otra vez: guerra. Palestina, Libano, Irán, Ucrania. Escenarios distintos, una lógica común. La violencia como herramienta de la política global por parte de los inescrupulosos.

Lula no evade el tema. Dice lo que muchos piensan y pocos enuncian con tanta claridad: el mundo no aguanta más esta locura de guerra. Da un paso más. Señala que quienes deberían garantizar la paz muchas veces la ultrajan. Cuestiona el funcionamiento del Consejo de Seguridad, reclama una reforma profunda, con representación real del Sur Global. No como gesto simbólico, sino como condición para que el multilateralismo deje de ser una promesa vacua.

Pero lo que más pesa no es solo la guerra como hecho. Es el clima que se impone en la política cotidiana. La lógica del enfrentamiento permanente. El otro convertido en amenaza. Las ultraderechas no solo crecen en ese terreno, lo necesitan, lo alimentan, lo amplifican. Ahí despliegan sus intereses y negocios.

Entonces aparece la pregunta incómoda. ¿Por qué avanzan? ¿Por qué, incluso cuando sus propuestas generan daño, siguen creciendo? Pedro Sánchez lo plantea con una frase potente: no gritan porque estén ganando, gritan porque saben que su tiempo se acaba. Puede ser. Pero esa afirmación, por sí sola, no alcanza para explicar lo que vemos.

Porque hay algo que no estamos resolviendo. El obrero metalúrgico, encaminado hacia su cuarta presidencia, vuelve a poner el foco donde duele: la desigualdad no es un accidente. Es una decisión política. Cada gobierno elige a quién protege y a quién deja atrás. Cuando esas decisiones no corrigen las brechas, cuando las promesas no se traducen en mejoras concretas, el malestar encuentra otros canales. La desesperanza, la sensación de abandono, y hasta traición, le brindó una oportunidad de irrupción al extremo reaccionario.

Ese es el punto nodal. Tener razón no alcanza, jamás fue suficiente. Si la vida cotidiana no mejora, si el salario no alcanza, si el trabajo formal escasea, si el futuro se vuelve incierto, la legitimidad se erosiona. Primero de a poco, luego de forma explosiva. En ese vacío, otros avanzan engañando con supuestas respuestas simples a problemas complejos.

Hay una autocrítica que empieza a aparecer, todavía de forma incipiente pero necesaria. No hemos logrado construir una alternativa económica lo suficientemente sólida, persistente, transformadora. Seguimos discutiendo muchas veces dentro de los márgenes que fijaron otros. Así es difícil disputar el poder real. Ganar elecciones no implica ganar el poder.

Desde Argentina, todo esto no es teoría. Es presente. Estamos atravesando uno de los procesos más vertiginosos de retroceso social y económico en democracia. Un gobierno que no corrige: desarma y destruye. Que no dialoga: insulta e impone. Que no gestiona tensiones: las alimenta y profundiza. Y que, además, lo hace con una violencia discursiva que no es un exceso ni un desborde, sino parte de un método político.

En ese contexto, lo que pasa en Barcelona no se siente lejano. Funciona como espejo y advertencia. Porque si el malestar no se interpreta y no se transforma en propuesta concreta, otros lo hacen. Y lo hacen desde el resentimiento, desde la exclusión, desde la falaz simplificación.

No es casual, entonces, que en los pasillos, en las conversaciones informales, incluso fuera de los paneles, aparezca con fuerza una consigna que trasciende fronteras: Cristina Libre. No como un eslogan aislado, ni como una discusión exclusivamente argentina. Como señal de que la judicialización de la política y la persecución a liderazgos populares no son fenómenos locales, sino parte de un clima más amplio que pone en tensión la calidad democrática. La presencia de Lula es un claro testimonio de ello.

Esa consigna convive con otras discusiones igual de urgentes. ¿Cómo traducir valores en resultados? ¿Cómo hacer que la igualdad deje de ser una aspiración y se convierta en una experiencia concreta? ¿Cómo regular plataformas que moldean el sentido común sin rendir cuentas? ¿Cómo reconstruir expectativas en sociedades que se cansaron de esperar? ¿Cómo enfrentar los procesos tecnológicos que ponen en riesgo el trabajo? No hay respuestas simples. En un tiempo que las sociedades esperan soluciones rápidas, también es un problema.

La imagen final del encuentro es potente. Dirigentes de distintos países, intentando construir una agenda común frente a desafíos compartidos. Una foto que busca transmitir coordinación, fuerza, perspectiva global. Pero la política no se define en las fotos. Se define después. En cada decisión y en cada política pública. En cada conflicto que se enfrenta o se elude. Ahí está la verdadera prueba y el mayor riesgo.

Porque el tiempo no es un dato menor. Cuando la democracia empieza a debilitarse, no siempre hay margen para corregir el rumbo. Por eso, más allá de los discursos, de las coincidencias y de las buenas intenciones, la pregunta sigue abierta. Es tan incómoda como inevitable. ¿Estará el campo popular a la altura del desafío que la realidad nos impone? Porque lo que está en juego no admite demora, ni titubeos. No hay margen para el fracaso.

Por Nicolás Trotta

Diputado nacional (Partido Justicialista de la Provincia de Buenos Aires)

Fuente: Página 12