La reelección de Lula, clave para la integración regional
¿Cómo lograr un mínimo sentido de unidad regional en medio de un escenario caracterizado por una creciente fragmentación, la profundización de las disputas geopolíticas, el debilitamiento del multilateralismo y el auge de la extrema derecha?
22/09/2026 EL MUNDO¿Cómo lograr un mínimo sentido de unidad regional en medio de un escenario caracterizado por una creciente fragmentación, la profundización de las disputas geopolíticas, el debilitamiento del multilateralismo y el auge de la extrema derecha? Lo que a todas luces parece algo prácticamente imposible, fue logrado con éxito por el actual gobierno de Lula da Silva.
En este proceso, no solo debe ser tomado en cuenta el indiscutible peso económico de Brasil en el contexto sudamericano, sino, más aún, el despliegue y la cintura política evidenciada por un mandatario con una experiencia enorme para concretar acuerdos, incluso con aquellos gobiernos ideológicamente enfrentados y que, en principio, solo buscan sabotear iniciativas convenientes a todas las naciones del bloque sudamericano.
Con su capacidad intacta para forjar alianzas y a partir de la historia reciente de la UNASUR, a fines de mayo de 2023 Lula reunió a los doce presidentes de Sudamérica en el Consenso de Brasilia, con el propósito deliberado de avanzar en la construcción de una nueva gobernanza global que resuma la paradoja de estos tiempos: en tanto que disminuye la afinidad política entre los gobiernos de la región, una creciente interdependencia y la necesidad concreta de cooperación terminan por imponer límites al horizonte de la fragmentación.
En medio de inmensas dudas e incertidumbres, y de crecientes presiones de todo tipo, desde el gobierno de Brasil se asume que el Consenso de Brasilia constituye la máxima integración posible a la que se puede llegar en la actualidad en un escenario tan ríspido como el sudamericano, sometido, además, a las crecientes tensiones geopolíticas provocadas por el alineamiento incondicional hacia los Estados Unidos y por la creciente rivalidad comercial con China.
Para llevar adelante esta iniciativa, fue prioritaria la labor asumida desde la diplomacia brasileña, históricamente la mejor entrenada en las problemáticas de la integración sudamericana, pero siempre bajo la orientación ideológica y la conducción política del PT y del Palacio de Planalto.
Inspirados en acuerdos comerciales vigentes, como el Mercosur y la Comunidad Andina, el gobierno brasileño impulsó mecanismos flexibles y adaptables a las necesidades de cada país y a los requerimientos de cada gobierno, posibilitando así que, de a poco, se estableciera el acuerdo básico que dio lugar al Consejo de Brasilia, que tuvo su origen en la capital brasileña, como una suerte de homenaje a la puesta en marcha de la Unasur, en esa misma ciudad, pero quince años antes.
Frente a la disparidad de intereses y actitudes, existió la certeza de que, si se pretendía impulsar la integración física regional bajo un nuevo acuerdo, las decisiones técnicas e instrumentales debían ganar un espacio mayor, relegando así a aquellas propuestas con mayor contenido ideológico que nutrieron políticamente a la Unasur y, en menor medida, a la Celac.
Ecuador, Colombia, Chile, Uruguay y ahora Perú han ocupado sucesivamente la Presidencia Pro Tempore del Consenso de Brasilia y, pese a las amplias diferencias internas, han sido capaces de sostener una agenda concreta sostenida por la integración de la infraestructura regional, el afianzamiento de la conectividad logística, la construcción de corredores de transporte y de nuevas rutas comerciales, el avance en proyectos energéticos, la eliminación de barreras en servicios digitales, el establecimiento del roaming regional y el desarrollo de sistemas de firma electrónica interoperables.
Junto con la presentación oficial del Observatorio de Infraestructura de América del Sur, uno de los últimos logros del Consenso de Brasilia fue el acuerdo alcanzado, a nivel técnico, para ampliar la conectividad aérea, abaratar los costos de traslado y equiparar progresivamente los vuelos regionales a las operaciones domésticas. El objetivo es que los vuelos entre los países del bloque reciban el mismo tratamiento migratorio, aduanero y operativo que los vuelos domésticos.
Sin embargo, el principal interés del Consenso apunta a la puesta en ejecución de un entramado de cinco “Rutas de Integración y Desenvolvimiento Sudamericano” que retoman la antigua aspiración por favorecer un trazado regional de carácter bioceánico y que posibilite un acceso directo de Brasil al Pacífico (y por derivación, también a China), y que Chile, Perú y Ecuador también alcancen una salida comercial hacia el Atlántico. Las implicaciones geopolíticas de un proyecto de esta naturaleza no son menores, sobre todo, cuando se contempla que la ruta Manta-Manaos podría convertirse, a mediano plazo, en una alternativa al canal de Panamá.
Entidades como el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Corporación Andina de Fomento (CAF) y Fonplata, ligado al Mercosur, ya han comprometido recursos para llevar adelante esta progresiva reconfiguración del mapa comercial y geopolítico sudamericano, bajo crecientes presiones por parte de la Casa Blanca, interesada en impedir cualquier tipo de iniciativa económica que escape a su control.
En la actualidad, con solo Lula da Silva y Yamandú Orsi defendiendo enfáticamente el valor estratégico del Consenso de Brasilia, las próximas elecciones presidenciales del 4 de octubre en Brasil adquieren un relieve especial. Una derrota de la izquierda y del progresismo en Brasil no solo abriría las puertas al alineamiento automático con Washington, en un Consenso más identificado con el que tuvo lugar en los años ’90. La eventual llegada de Flávio Bolsonaro al poder impactaría de lleno, también, en el contexto sudamericano y en el ámbito global, donde los Brics asumen una tarea, no siempre visible, por estructurar un contrapeso político y económico al poder omnímodo desenvuelto desde los Estados Unidos.
El intento de la Casa Blanca por asegurar el triunfo de la extrema derecha en Brasil implicará, al mismo tiempo, la ruptura de cualquier fórmula de negociación y de cooperación en un contexto regional cada vez más atenazado por las divisiones y por la construcción de otro tipo de acuerdos, centrados en la seguridad y la defensa, como hoy lo constituye el Escudo de las Américas.
Seguramente, la integración sudamericana y la cooperación regional viven hoy su momento más difícil. ¿Quién podría apostar por una “hermandad sudamericana” cuando, por el contrario, proliferan los gobiernos interesados en sumarse a una suerte de “MAGA sudamericana”, sin mayor proyección política que la de integrarse, a cualquier costo y desde un lugar plenamente periférico, a la desembozada voluntad de poder del mandatario de los Estados Unidos.
Pese a todas las dificultades y todos los obstáculos, tanto internos como externos, el Consenso de Brasilia logró constituirse como un espacio de diálogo y, eventualmente, también de acuerdos.
Para ello fue estratégica la constancia y la persuasión ejercidas por el actual gobierno brasileño, que supo encontrar las hendijas y recovecos dentro del monolítico proyecto “Donroe” para desarrollar, en cambio, un plan inclusivo que resultara económicamente conveniente, incluso, a aquellos gobiernos que solo apuestan por vincularse con el trumpismo, ignorando por igual la historia y la cultura preponderantes en nuestra región.
Frente al peso económico determinante de Brasil, la reelección de Lula se convierte así en un elemento central para cualquier posibilidad de desarrollo de los países sudamericanos, claro está, más allá de la ideología de sus mandatarios vecinos. Incluso, si estos se muestran violentos y degradados y se ubican en las antípodas del pensamiento socialista del líder brasileño.