Por la Patagonia y mirando el mar: conocé la Ruta Azul

Así se conoce al tramo de unos mil kilómetros -un tercio del total de la RN3- que enlaza municipios costeros de Santa Cruz y Chubut, atravesando reservas y parques nacionales.

Así se conoce al tramo de unos mil kilómetros -un tercio del total de la RN3- que enlaza municipios costeros de Santa Cruz y Chubut, atravesando reservas y parques nacionales.

No es la más larga de la Argentina, no brinda los paisajes más variados, no tiene libros que le estén exclusivamente dedicados. Pero frente a la RN40, aquella que el periodista y explorador Federico Kirbus consagrara como “mágica” ya en los años ’90, la RN3 no se queda atrás: sus 3.000 kilómetros entre Buenos Aires y Tierra del Fuego, siguiendo la línea del Atlántico, invitan a otro viaje mítico por la Argentina austral. Sobre todo en los mil kilómetros que abarca la Ruta Azul, el nombre con que se conoce el tramo que va de Camarones y Bahía Bustamante, en Chubut, al Parque Nacional Monte León, en Santa Cruz. Sólo en un tramo corto, entre Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia, la ruta es realmente costera, pero el azul marino de ese océano que es el hilo conductor del viaje se impone a lo largo de todo el recorrido y le da nombre.

De naturaleza y de historia

Pioneros del petróleo, avistaje de pingüinos y una incursión a la prehistoria entre gigantescos troncos petrificados son algunas de las experiencias que atraviesan la Ruta Azul.

Empecemos el viaje en Camarones, un pueblo pequeño pero con historia: se fundó en 1535, un año antes que en Buenos Aires, y aquí encalló y se destruyó en 1899 la nave Villarino, que en 1880 había traído de regreso desde Francia los restos de José de San Martín. Camarones es -se sabe- una zona de vientos intensos pero también de una fauna privilegiada: lobos marinos, toninas, petreles y cormoranes se pueden avistar en excursiones embarcadas. Hoy es la puerta de entrada al Parque Nacional Marino Costero Patagonia Austral, un área protegida que abarca Bahía Bustamante -un pueblo alguero único en la Argentina- y el Cabo Dos Bahías, dos paraísos de la fauna austral.

Hagamos la próxima parada 163 kilómetros al sur de Bahía Bustamante, en Comodoro Rivadavia. Es la Capital Nacional del Petróleo y una ciudad donde la economía vive al ritmo del “oro negro”. Aquí lo encontramos todo: vuelos, conexiones de micro, hoteles de alta categoría, además del imperdible Museo del Petróleo. Y no importa ser tan austral, porque tiene su propia playa -Rada Tilly, el escenario ideal del carrovelismo (los vientos, siempre los vientos) – y su propia reserva, en Punta del Marqués, visible desde un acantilado a más de 150 metros de altura.

Ahora sí, al volver atrás Comodoro rumbo a Caleta Olivia, la Ruta Azul hace honor a su nombre, bordeando un mar que resplandece saturado bajo el sol. En Caleta Olivia se hace un alto para una foto del Monumento al Obrero Petrolero, alias “El Gorosito” en la cultura popular. A continuación, el pueblito de Fitz Roy es tan pequeño como gigante de Bosque Petrificado. Junto con Jaramillo, es un hito en la ruta que recuerda las huelgas de la Patagonia Rebelde, a principios de los años 20.

A esta altura, la RN3 se vuelve “tierra adentro”, y hay que tomar un desvío para ir hacia la orilla del Atlántico y Puerto Deseado. Sí o sí, porque aquí nos topamos con tres de las grandes maravillas de esta ruta, las que valen el viaje por sí mismo: la ría Deseado, de aguas turquesas, islitas pobladas de pingüinos de Magallanes y acantilados habitados por coloridos cormoranes; el paisaje de piedra de los Miradores de Darwin; y la Isla Pingüino, donde se ven de octubre a marzo los pingüinos de penacho amarillo.

Dan ganas de quedarse toda la vida, pero la ruta llama: aún quedan, siempre al sur, los acantilados de Puerto San Julián con la Nao Victoria, réplica de la nave de Magallanes, y el Parque Marino Makenke; la localidad de Comandante Luis Piedrabuena, y el broche final: el Parque Nacional Monte León, otro paraíso de la fauna y estepa que se aproxima al extremo más austral de la Argentina continental, despidiéndose con el azul zafiro del Atlántico que brilla contra la península cuya forma recuerda la cabeza de un puma dormido.

Fuente: La Voz