Más cerca del cielo en Salta

Al pie de la Cordillera de los Andes, la provincia es dueña de postales multicolores, tradiciones arraigadas, sabores autóctonos, una marcada espiritualidad y los viñedos más altos del mundo.

Al pie de la Cordillera de los Andes, la provincia es dueña de postales multicolores, tradiciones arraigadas, sabores autóctonos, una marcada espiritualidad y los viñedos más altos del mundo. Tallada por la naturaleza, sus maravillas son puro orgullo argentino.

Asoman por todos lados. El que llega a Salta con espíritu viajero no va a querer perder un segundo de conexión con ellos. Son los cerros, que a veces se esconden entre la bruma, privilegiados por estar más cerca del cielo. La luz del sol decide cómo y cuándo mostrarlos. No caben dudas: el aire que hace mover la ciudad a otro ritmo es mérito de ellos.

Para contemplar a “La Linda” a vista de pájaro, el teleférico es una aventura asegurada. Las cápsulas de colores ascienden hasta hacer cumbre en el cerro San Bernardo, a 1.454 msnm. La estación base está en el Parque San Martín y es tan pintoresca, con sus vitrales y palmeras, que la primera foto seguro se toma acá.

La imponente vista de la ciudad aparece de a poco, y hay varias sorpresas esperando en la cima: el canto de los pájaros, un corazón selvático y el sonido del agua, que guía como un imán hacia una cascada artificial. En lo alto, la memoria no sabe qué panorámica guardar primero, el cuerpo pide quedarse y el alma se renueva.

Valles Calchaquíes

Fruto de los vientos y de la fuerza del agua, la naturaleza se tomó su tiempo para tallar el camino que une a la Capital con Cafayate. La inmensidad, traducida en formaciones rocosas, abraza al viajero y no lo deja salir del asombro.

Sobre la ruta 68, las obras de arte naturales se elevan en la tierra color pimentón e invitan a jugar con la imaginación. El que visita los Valles Calchaquíes no puede escapar al reto de las geoformas. Agudizando la mirada, aparecen elefantes, una especie de Titanic, un sapo, el perfil de un indio, castillos y hasta el monumento a la suegra. Todo, de piedra.

El cordón de montañas subandinas que atraviesa el paisaje de esta zona tiene más de 90 millones de años, y el promedio de altura es de 3.000 msnm. De pronto, se cruza el mítico puente Morales, en el que Leonardo Sbaraglia interpretó a un furioso conductor en Relatos Salvajes. La Garganta del diablo y el Anfiteatro son dos puntos para experimentar la pequeñez del ser humano y la omnipotencia de la naturaleza.

Un poco más adelante, la mejor forma de comprobar que Salta es multicolor consiste en detenerse en el majestuoso mirador Tres Cruces, que forma parte de la Reserva Natural Quebrada de las Conchas. El lugar lleva ese nombre por la cantidad de restos marinos que se encontraron allí. Entre las paredes rocosas, hace eco la música de la ocarina, un pequeño instrumento de viento. Mientras tanto, la brisa fresca que despeina termina por convencer a cualquiera: no hay nada más fascinante que los caprichos de la madre tierra.

La fe mueve montañas

La espiritualidad de los salteños está en el aire. Una experiencia celestial es la visita a la Virgen de los Tres Cerritos (cualquier día de la semana, de 8 a 18). La caminata acelera las pulsaciones, pero, al entrar a la humilde capilla, de a poco el cuerpo se aquieta.

El aire puro, el silencio que sólo se interrumpe por el canto de los pájaros, la imponente vista del Valle de Lerma, los fieles que se esfuerzan en llegar, los árboles con rosarios amarrados; todo conspira para la emoción. Miles de promesas y agradecimientos se quedan en lo alto.

Uvas en altura

“El sol tiene un pacto de amor con los Valles Calchaquíes. El mismo sol, alrededor del cual giran obedientes y sumisos los planetas, jamás se olvida de venir, día tras día a madurar las uvas”, reza uno de los carteles del Museo de la Vid y el Vino, en Cafayate.

Tierra del torrontés, en Salta maduran los viñedos más altos del mundo: algunos alcanzan los 3.000 metros de altura. En la recomendada Ruta del Vino, el viajero puede elegir entre más de 20 bodegas para visitar. La Banda es la más antigua de la zona y, en todas, el espíritu es priorizar la calidad sobre la cantidad.

Con sus tradiciones, sus pinceladas naturales y su gente, Salta tiene mucho para enamorar. La misma p ostal que eclipsa al viajero al llegar, lo despide por aire o por tierra: cerros irregulares y nubes que eligen quedarse a descansar acá.

Otras miradas 

“Caminar sus calles y encontrar los cerros en cada esquina, casi adentro de la ciudad, como en un Jurassic Park colonial”, compara Georgina Vorano (31), salteña y psicoanalista.
“Volvería a caminar por la ciudad y a leer un rato, abstraído del mundo, rodeado de vinos y buena música, en el mágico Café del Tiempo”, recuerda Juan Manuel Lucero (41), comunicador y emprendedor.

“Mi favorita es la Cuesta del Obispo, mágico lugar. No se vuelvan sin probar una cerveza Salta helada con empanaditas”, advierte Naty Ledesma (35), viajera cordobesa.

Fuente: La Voz