A 50 años del golpe, la Plaza volvió a gritar: “Que digan dónde están”

Madres, Abuelas y organismos de derechos humanos denunciaron que sigue el pacto de silencio de los represores, a quienes el Gobierno nacional apaña.

Madres, Abuelas y organismos de derechos humanos denunciaron que sigue el pacto de silencio de los represores, a quienes el Gobierno nacional apaña.

¡Que digan dónde están! ¡Que digan dónde están! El grito brotaba como un torrente desde las entrañas de la Plaza de Mayo, esa misma plaza que las Madres habían transitado tantos jueves –a pesar de los fusiles que las apuntaban– para reclamar saber qué habían hecho con sus hijos e hijas desaparecidos por la dictadura. Cincuenta años después, las ausencias persisten, pero las Madres no gritan solas. Ese grito, que emanaba de las gargantas de cientos de miles de manifestantes, las envolvía para decirles que, a medio siglo del inicio de la noche más oscura de la historia argentina, hay una sociedad que no olvida, no perdona y no se reconcilia.

Las calles de la Ciudad de Buenos Aires se convirtieron desde temprano en una marea de gente que buscaba llegar a la Plaza de Mayo. El sol calentaba y los referentes del movimiento de derechos humanos empezaban a entusiasmarse con lo que sería una jornada histórica, en la que estimaban que más de un millón de personas se movilizó para refrendar su compromiso con el Nunca Más.

Buscarita Roa, vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, fue una de las primeras en llegar. Con su pañuelo atado a la cabeza, se alegraba por la llegada de cada vez más manifestantes. “Mucha gente nos acompaña. Yo le agradezco mucho al pueblo argentino porque me ha acompañado”, decía.

Buscarita es chilena. Su hijo, José Liborio Poblete, fue secuestrado junto con su compañera, Gertrudis Hlaczik, y ambos fueron llevados al Olimpo, el centro clandestino de detención, tortura y exterminio que funcionó en Floresta entre 1978 y 1979. Con ellos estaba su bebita, Claudia Victoria, que fue apropiada. Buscarita la encontró y ahora ambas militan juntas en Abuelas.

Junto a Buscarita estaba María Santa Cruz, que hace 39 años trabaja con Abuelas. Llevaba su tesoro: el pañuelo de Raquel Radío de Marizcurrena, una de las abuelas fallecidas. Sobre el pecho, un prendedor con la cara de la hija y el yerno de Raquel. “Ella me delegó esa tarea”, contaba.

Poco a poco, el lugar empezó a llenarse de militantes de derechos humanos. Eduardo Tavani, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, llegó con su nieto. “Las calles repletas son una respuesta contundente a este Gobierno nacional que reivindica el terrorismo de Estado. La memoria es, para nosotros, un valor supremo”, decía.

Horas antes, el Gobierno de Javier Milei había distribuido un video –protagonizado por Miriam, nacida en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y apropiada por un oficial de inteligencia de la policía mendocina, y por Arturo Larrabure, hijo de un militar muerto en 1975– que cerraba con un llamado a la “reconciliación”, eufemismo usado históricamente por los perpetradores en su búsqueda de impunidad.

Margarita Cruz, sobreviviente de la Escuelita de Famaillá, tenía lágrimas en los ojos. “Estoy conmovida por la historia de nuestro pueblo. No van a poder arrasar nuestras subjetividades ni nuestra lucha”, afirmaba.

En el escenario había distintos colectivos representados: los pueblos originarios, quienes luchan para que el agua no termine siendo una mercancía, y los trabajadores despedidos de FATE. La primera ovación fue cuando se mencionó que Pablo Grillo, el fotógrafo al que un gendarme le abrió el cráneo con un cartucho de gas, estaba en la Plaza.

“Hoy el compromiso es doble porque estamos enfrentando al gobierno más represor desde el regreso de la democracia”, decía desde un costado María del Carmen Verdú, referente de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi).

Sergio Maldonado repartía abrazos. Con una sonrisa amplia, afirmaba que era un día histórico.

Las hijas de Azucena Villaflor, Esther Careaga y Mary Ponce de Bianco –secuestradas tras la infiltración de Alfredo Astiz– llevaban carteles con sus rostros. “Tenemos sus rostros, sus historias de vida, ese país que soñaron”, se emocionaba Mabel Careaga.

“Es muy importante salir a defender los derechos humanos. Es una posición ética que representa la lucha de las Madres”, decía Ana Careaga mientras expresaba su satisfacción por la masividad de la convocatoria.

Las voces de los nietos

–Buenas tardes, Plaza de Mayo. Buenas tardes, compañeras, compañeros. Somos nietos y nietas restituidos por las Abuelas de Plaza de Mayo, un puñado de las 140 historias que nuestras Abuelas pudieron reconstruir a fuerza de lucha, ingenio, trabajo, perseverancia y solidaridad de gran parte de la sociedad, que comprendió que el encuentro de los nietos y las nietas es una deuda de la democracia –arrancó Guillermo Pérez Roisinblit, también nacido en el campo de concentración de la ESMA.

Con sus compañeros de Abuelas cuidándoles las espaldas, fueron otros referentes tomando la palabra: Claudia Poblete Hlaczik, Guillermo Amarilla Molfino y Manuel Gonçalves Granada. Fue él quien cerró señalando que la única forma de sanar la herida abierta por la dictadura es con verdad: encontrando a todos y cada uno de los bebés que la dictadura robó.

–¡Que digan dónde están! –reclamaron.

Victoria Montenegro se conmovía desde el escenario por la marea de gente mientras sacaba su celular para filmar a la multitud. Pérez Roisinblit también estaba movilizado por la inmensidad de la marcha. “Es una sensación hermosa ver todo el público. Tanta presencia demuestra que la sociedad argentina todavía tiene músculo, tiene el recuerdo de cómo hay que luchar. Y eso se hace sentir”, comentaba.

Macarena Gelman viajó desde Montevideo para estar en la conmemoración. “Los cincuenta años representan la historia de la lucha. Y esta lucha va a seguir hasta que los encontremos a todos”, prometió la mujer que encabeza una campaña para hallar a los bebés robados, que como pasó con ella, puedan estar en Uruguay.

Los rostros de los desaparecidos
A las 16.50, las Madres, las Abuelas y los referentes del movimiento de derechos humanos ya se habían acomodado en el escenario. La bienvenida fue tan cálida como el sol de la tarde.

–Madres de la Plaza, el pueblo las abraza –coreaban.

El exjuez español Baltasar Garzón –que investigó los crímenes de la dictadura cuando las leyes de Punto Final y Obediencia Debida impedían hacerlo en la Argentina– registraba con su teléfono la comunión entre esas mujeres y la Plaza. Desde el escenario, Nora Anchart y Liliana Daunes –que cumplían 30 años como locutoras de estos encuentros– avivaban el reclamo: ¡Que digan dónde están! ¡Que digan dónde están!

La lectura del documento fue coral. Elia Espen, madre de Hugo Miedan, arrancó recordando que la única forma de defender la memoria es luchando. “Sabemos que es necesario unir las luchas para fortalecerlas en tiempos difíciles”, dijo.

Graciela Lois, presidenta de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, continuó: “La gran mayoría de las y los desaparecidos fueron fusilados o murieron como consecuencia de las torturas a las que fueron sometidos; muchos fueron asesinados en los ‘vuelos de la muerte’. Nunca nos entregaron sus cuerpos. Por eso exigimos que nos digan dónde están”.

Las pancartas con los rostros de los desaparecidos se levantaron en la Plaza. Graciela respondió con el cartel que llevaba, con la foto de su esposo, Ricardo Lois, quien fue visto en la ESMA.

Osvaldo Barros estuvo secuestrado en ese campo de concentración junto con su compañera, Susana Leiracha. Él tomó la posta en la lectura del documento. “Hoy hay un gobierno que no solo es negacionista, sino que reivindica el terrorismo de Estado. Por eso desmantela las políticas de Memoria, Verdad y Justicia”, denunció.

–Llevamos 140 casos resueltos. ¿Qué les parece? –siguió Estela de Carlotto. El comentario de la presidenta de Abuelas fue celebrado con un aplauso de la multitud. Señaló que se necesitan políticas públicas y el acompañamiento de la sociedad para seguir encontrando a los bebés robados. “Si tienen información sobre un posible hijo de personas desaparecidas, acérquenla. Nunca es tarde”, pidió.

A su turno, Verónica Castelli recordó que hay 1231 condenados y que más del 80 por ciento de los represores están en prisión domiciliaria.

Adolfo Pérez Esquivel se puso de pie con un gorro con la bandera de Palestina. Fue él quien pidió por la libertad de Cristina Fernández de Kirchner –quien un rato antes había salido al balcón para sumarse al reclamo de Memoria, Verdad y Justicia desde su arresto domiciliario–. “La prisión y proscripción de la expresidenta de la Nación en un proceso denunciado por absolutas irregularidades, durante el cual se atentó contra su vida, merece nuestra preocupación y repudio”, afirmó el Premio Nobel.

Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo –Línea Fundadora, pidió levantar las fotos para que miraran hacia la Casa Rosada. “A ese poder del Estado que no los busca, mientras los niega”, dijo.

Como una respuesta aguda a la provocación del Gobierno, Taty afirmó: “No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Porque somos el país del Nunca Más y del pañuelo blanco. Porque seguiremos, como sostuvo Paco Urondo, hasta que todo sea como lo soñamos y también como lo luchamos”.

Con todo el poder de su garganta, gritó: 30.000, ¡presentes! ¡Ahora y siempre!

Agregó un mensaje adicional esta vez, quizá movida por los 50 años: “No nos han vencido”.

–Nooooo– contestó desde un costado Estela, con una sonrisa más grande que su rostro.

Cuando todo terminó, Graciela Lois decía que la Plaza le había recargado las energías. “La memoria está presente, aunque quieran borrarla”.

Para Adriana Taboada, impulsora del grupo Federalizar la Memoria, había una mezcla de emociones: “Tristeza, tantos recuerdos y, a la vez, una emoción y conmoción enormes. Cincuenta años es mucho tiempo y llegar en unidad, con fuerza y masividad es histórico. Y lo hicimos entre todos”.

Fuente: Página 12