Desarrollo y medio ambiente

Los desafíos de tener una canasta exportadora mayormente centrada en recursos naturales, varios de los cuales pueden tener un impacto ambiental relevante, como el agro, la minería metalífera y los hidrocarburos. 

Los desafíos de tener una canasta exportadora mayormente centrada en recursos naturales, varios de los cuales pueden tener un impacto ambiental relevante, como el agro, la minería metalífera y los hidrocarburos.

Buscar el punto intermedio
Por Daniel Schteingart (*)

En los últimos 20 años, siempre que la economía argentina creció la pobreza, la desigualdad y el desempleo bajaron y viceversa. Si bien el crecimiento no es una condición suficiente para la mejora de los indicadores sociales y el desarrollo humano, sí es una condición absolutamente necesaria. Ahora bien, que el crecimiento perdure en el tiempo (y no que tengamos un año de crecimiento seguido de uno de recesión) requiere de divisas. Esto ocurre porque cuando la economía y el consumo (su principal motor) crecen, se incrementan las importaciones: por ejemplo, si sube nuestro poder adquisitivo, sube nuestro consumo de artículos como celulares, electrodomésticos o vehículos, todo lo cual tiene contenidos importados (si es que no son totalmente importados). Las importaciones son pagadas en dólares: si nos quedamos sin dólares en el Banco Central, terminamos en una devaluación que empobrece a las mayorías (y reduce el consumo y, con ello, las importaciones).

Para financiar las importaciones podemos básicamente endeudarnos (y ya sabemos cómo suele terminar eso) o exportar más (mucho más sustentable desde lo macroeconómico). Sustituir importaciones, esto es, que parte de lo que hoy consumimos importado se produzca localmente, también es una opción válida para que el crecimiento no exija tantos dólares.

Lamentablemente, la propensión a importar de nuestra economía es mucho más alta que nuestra propensión a exportar. Eso hace que nuestra tasa de crecimiento compatible con la disponibilidad de divisas sea baja. Si entre 2002 y 2011 Argentina pasó de tener 70 por ciento de pobres a 27 por ciento, eso fue en parte posible por el crecimiento “a tasas chinas”, que pudo sostenerse por casi una década gracias a que nuestras exportaciones de bienes y servicios pasaron de 29.000 millones de dólares a 97.000 millones y, de este modo, financiaron el enorme aumento de importaciones que tal crecimiento supuso. Tras el récord de 2011, las exportaciones decayeron, y la economía nunca pudo retornar al pico de ingreso per cápita de dicho año.

Ahora bien, nuestra canasta exportadora está mayormente centrada en recursos naturales, varios de los cuales pueden tener un impacto ambiental relevante (y/o una demanda social creciente que alerta sobre sus potenciales peligros). El agro, la minería metalífera y los hidrocarburos de Vaca Muerta -todos fuentes potenciales de miles de millones de dólares a las arcas del Banco Central y, también, de miles de empleos en el Interior- no tienen particularmente buena prensa en sectores de la opinión pública que exigen mayores demandas ambientales.

La demanda ambiental llegó para quedarse, y bienvenido que así sea. Eso presionará a gobiernos y empresas a prestar cada vez más atención a una variable que históricamente fue muy descuidada tanto en el ejercicio de las regulaciones como en las prácticas productivas. Ahora bien, ¿es posible encontrar algún punto intermedio que concilie crecimiento y cuidado ambiental? Creemos que sí. Por un lado, las prácticas productivas en sectores intensivos en recursos naturales son cambiantes en el tiempo -gracias a mejoras tecnológicas y nuevas demandas sociales- y hay aprendizajes tanto de gobiernos como de empresas. Por ejemplo, no es para nada lo mismo la minería o la producción porcina de hace 40 años que la de hoy, en la que -si bien hay mucho por mejorar- se regula y se produce mucho mejor. Por otro lado, hay ciertos sectores productivos -muchos de ellos incipientes- en los que se logra atender simultáneamente a las necesidades de crecimiento y cuidado ambiental. Es por ejemplo el caso de los vehículos eléctricos y las energías renovables (que, vale mencionar, demandarán más metales, esto es, minería de por ejemplo cobre y litio), el hidrógeno, la construcción sustentable (por ejemplo a través de la incorporación de calefones solares) o la economía circular.

Dado que las matrices productivas no se cambian de un día para otro, resulta difícil imaginarnos en futuro próximo la salida de esta larga crisis sin mayores exportaciones ligadas a los recursos naturales. De cara al largo plazo, es fundamental que el futuro crecimiento -que además permitirá fortalecer el poder de fuego del Estado para implementar mejores políticas productivas y ambientales y construir cuadros técnicos estatales más calificados y mejor remunerados de lo que están hoy- invierta cada vez más recursos para virar nuestra matriz productiva hacia sectores de cada vez menor impacto ambiental. De esa manera, el desarrollo sostenible, tanto en lo macroeconómico como en lo ambiental, podrá ser una realidad.

(*) Director del Centro de Estudios para la Producción (CEP-XXI).

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El cuidado y la vida
Por Juan Ignacio Arroyo (**)

Cuando me invitaron a participar de un debate sobre la «falsa dicotomía” entre economía y ambiente, lo primero que se me vino a la cabeza fue una pregunta. ¿Es falsa esta dicotomía? Si hoy no lo es, ¿cómo podemos trabajar para que en el futuro deje de serlo?

La degradación de la vida en el planeta nunca fue tan evidente. Tal es así, que en su Reporte de Riesgos Globales del 2020, el propio Foro Económico Mundial comenzó a hablar del riesgo que representa para la humanidad la pérdida de biodiversidad y el colapso ecológico.

El problema es que no llegamos hasta acá como una consecuencia indeseada de una economía que puede ser arreglada con parches, sino porque no hay otro destino posible para un sistema productivo que sólo es capaz de generar bienestar humano -al menos en términos materiales- explotando ecosistemas, produciendo basura e incrementando la desigualdad, lo cual atenta contra sus propias posibilidades de supervivencia.

Sin embargo, la visión económica hegemónica cree que la solución a los problemas ambientales es principalmente tecnológica, por lo que encuentra en esta crisis una maravillosa oportunidad de realizar una cuarta revolución industrial que revitalice el sistema de consumo. La paradoja es que el consumo está en el centro de la cuestión, ya que es al mismo tiempo el motor de la economía y el mayor determinante de los impactos ambientales. En este esquema, la innovación tecnológica se orienta hacia el aumento de la productividad y las ganancias de eficiencia, lo cual se combina con las estrategias de marketing que deben llevar adelante las empresas para competir en el mercado. El resultado final siempre termina siendo un incremento del consumo, por lo que en definitiva, el desarrollo tecnológico no reduce los impactos ambientales, sólo disminuye la intensidad de su aumento. La tecnología ayuda a mitigar todo lo que el consumo genera, pero nunca alcanza. Esto no es un problema tecnológico, sino una falla sistémica a gran escala de una economía que se pega un tiro en los pies al caminar.

Lo que sucede es que el sistema de consumo tiene la increíble habilidad de apropiarse de luchas que van en su contra y comoditizarlas a su favor, como hizo con el merchandising del Che Guevara, como hace con las energías renovables o con cada nuevo producto sustentable, en un intento desesperado de pintar a baldazos la economía de verde, sin cuestionar sus lógicas sistémicas de funcionamiento. Así, logra poner a la venta la sensación de que lo estamos transformando mediante formas que contribuyen a su causa, cooptando procesos de resistencia a su propio favor. El simple hecho de pensar que estamos en una crisis de la cual no podemos salir comprando, construyendo o invirtiendo, parece crear algún tipo de cortocircuito mental colectivo.

La necesidad de expansión del sistema económico para funcionar es una evidencia de su incapacidad para vincularse de forma regenerativa con el sistema planetario del cual depende para existir. El sistema de producción y consumo no es más que una transformación de materia prima en residuos. El metabolismo productivo global “deglute” 100 mil millones de toneladas cada año, de las cuales sólo 8.6 mil millones son recicladas. Noruega, visto por muchos como el horizonte de desarrollo, tiene una tasa de circularidad del 2.4 por ciento. Se necesitarían 4 planetas si toda la humanidad tuviera los estándares de consumo de un país nórdico promedio, por lo que sería imposible que toda la humanidad en su conjunto alcanzara los niveles de vida de estos países sin que el planeta colapse. Nuestros sures requieren un horizonte que no sea un norte.

Hoy, nuestras economías son ambientalmente degenerativas y socialmente divisivas por diseño. El sistema productivo confunde medios por fines, poniendo a la vida al servicio de los artefactos, en vez de los artefactos al servicio de la vida. Lo que necesitamos es una economía que organice el sistema productivo al servicio de la vida, de las personas y del planeta. El gran desafío de nuestro tiempo está en diseñar sistemas económicos que sean ambientalmente regenerativos y socialmente inclusivos. Un mundo habitable para los humanos requiere de una Tierra próspera. Necesitamos una economía que promueva esa prosperidad, que se centre en el cuidado y la vida, no que atente contra ellos. Sólo así lograremos que la dicotomía entre ambiente y economía sea material y simbólicamente falsa.

(**) Economista en deconstrucción (UNLP & HHN). Docente y divulgador. Cofundador de ‘Ahora Qué?’. En Twitter: @juaniarroyo

Fuente: Página 12