Los reyes de la pobreza

La mal llamada reforma laboral ya se había impuesto en los lugares de trabajo y en la calle antes de aprobarse el viernes en el Congreso.

La mal llamada reforma laboral ya se había impuesto en los lugares de trabajo y en la calle antes de aprobarse el viernes en el Congreso. No es una reforma laboral, eso es un eufemismo, se votó la anulación legal de una extensa cantidad de derechos laborales de los que la Argentina se enorgullecía en comparación con otros países latinoamericanos.

Hasta 1975 la pobreza en Argentina era un fenómeno marginal y transitorio. Nadie hablaba de pobreza, así en forma abstracta, se hablaba de los pobres concretos, en su contexto. Según una investigación de Agustín Arakaki (Conicet) en el último año antes del Golpe de Estado de 1976 el porcentaje de pobres era del 4,6%. Un valor que en ese entonces preocupaba y que hoy, cincuenta años después, parece una utopía inalcanzable. La peor herencia que la última dictadura nos dejó a los argentinos son los porcentajes elevadísimos de pobreza que nunca habíamos tenido y de los que aún no pudimos salir.

Cuando Raul Alfonsin asumió la presidencia en diciembre de 1983 ya éramos una sociedad distinta con un 27,8% de pobres. Para 1986 logró bajar la pobreza al 14% pero el sacudón hiperinflacionario de 1989 hizo que explote hasta cerca del 40%. Sabemos con cierta precisión hasta que niveles llegó en esos momentos la pobreza, el índice se empezó a medir sistemáticamente desde 1988, pero casi nada sabemos sobre quienes se llevaron esa riqueza, aunque no es difícil sospecharlo. Los bancos y los entonces llamados Capitanes de la Industria. Hoy devenidos en capitanes del carry trade.

Carlos Menem, el segundo presidente de la democracia, desde el establecimiento del Plan de Convertibilidad en 1991 logró bajarla al 12% en 1994. Pero su mandato terminó en 1999 con un 26% en franco crecimiento. La corta presidencia de Fernando De la Rua ostenta el récord histórico del 50% en 2001. En 2003, el inicio del ciclo kirchnerista se encuentra con el gravísimo nivel de 47% de pobreza “más pobres que votos”. Y ya para 2006 había bajado al 26,9%. Un piso que parece infranqueable.

La pobreza estructural en Argentina ya lleva más de cuatro décadas, son por lo menos dos generaciones hundidas en una nueva cultura que en nuestro país era desconocida. El fenómeno no es solo local, la desigualdad extrema es verificable en todo el mundo.

El 1 % más rico de la sociedad argentina concentra el 29% de la riqueza. Marcos Galperin, fundador de Mercado Libre, se mantiene como el argentino más rico con una fortuna estimada en aproximadamente 8.500 millones de dólares. Y se fue a vivir a Uruguay porque no quiere pagar impuestos. Al mismo tiempo, el 50% de la población más pobre acumula apenas el 4% de la riqueza total del país. Los números son alucinantes y es imposible hablar de una sociedad democrática con semejante desigualdad.

La palabra “pobre” proviene del latín pauper, pauperis, que significa “infértil”, “que produce poco”. Es que antes lo pobres eran los desocupados, los que por alguna razón no podían trabajar. Esos personajes de la novela de Bernardo Verbitsky, Villa Miseria también es América, publicada en 1957, en dónde los habitantes de las villas son los expulsados de la tierra, los corridos por la expansión agrícola, los extranjeros recién llegados, los que se instalan en forma precaria en los arrabales de la gran ciudad con la esperanza de conseguir un trabajo y salir de allí.

Hoy las cosas son muy distintas, ahora los pobres son los que producen la riqueza. A finales de 2025 y principios de 2026, aproximadamente 1 de cada 5 trabajadores en Argentina es pobre, lo que equivale a unos 4,5 millones de personas. El 72% de los trabajadores no logra cubrir la canasta básica familiar. La situación es crítica para el sector informal y los cuentapropistas con reportes que indican que hasta el 89% de esos trabajadores no cubren la canasta básica.

Durante buena parte del SXIX la Argentina no conocía la desocupación, por el contrario, había un problema crónico de falta de mano de obra. Así consta en las permanentes quejas de los estancieros de aquella época por las dificultades para conseguir peones rurales. La inmensa disponibilidad de tierras, la posibilidad infinita de conseguir caballos y la facilidad para cualquiera de acceder al ganado silvestre disuadían a los gauchos de aceptar largas jornadas de trabajo si los jornales no eran buenos. Por eso es que intervino el Estado en auxilio de los patrones.

La ley contra vagos y mal entretenidos exigía al gaucho tener una boleta de conchabo, es decir un documento que pruebe que tenía trabajo, de lo contrario las patrullas estaban autorizadas a detenerlos y llevarlos a trabajar o alistarlos en alguna compañía militar. Así es como empieza el gran relato nacional del Martín Fierro. El mercado de trabajo en Argentina nunca fue libre, llevaban a los trabajadores a punta de pistola si era necesario.

Obviamente estas medidas no alcanzaron y la solución que se encontró fue abrir y estimular una llegada masiva de inmigrantes desde Europa.

Para principios del SXX la situación de los sectores populares había cambiado por completo y la alarma entre las elites comenzó cuando fue evidente que la conflictividad obrera estaba llegando a niveles peligrosos. No se hablaba de la pobreza en esa época, pero si de la “cuestión social”.

El ala modernista de las clases dominantes, durante la segunda presidencia de Julio A. Roca, intentó impulsar algunas reformas que le permitieran destapar aquella olla a presión. Para ello, en 1904 el gobierno nacional encargó al médico, abogado e ingeniero agrónomo catalán, Juan Bialet Massé, un informe sobre el estado de la clase obrera en la Argentina. Fue el primer intento por crear una ley de trabajo que ponga un poco de orden en las salvajes condiciones laborales de aquella época. Bialet Massé se tomo muy en serio su trabajo y recorrió los rincones más profundos del país. Ojalá tuviéramos hoy en día un informe tan completo como ese sobre la situación de los trabajadores argentinos. Allí podemos leer párrafos sorprendentes como este: «En las cumbres del Famatina he visto al peón cargado con 60 y más kilogramos deslizarse por las galerías de las minas, corriendo riesgos de todo género, en una atmósfera de la mitad de la presión normal; he visto en la ciudad de la Rioja al obrero, ganando sólo 80 centavos, metido en la zanja estrecha de una cañería de aguas corrientes, aguantando en sus espaldas un calor de 57º, a las dos de la tarde… Esas son las águilas del progreso, héroes anónimos, que labran el canal de la riqueza de la que ellos no van a gozar”. Ciento veintidós años después nos quieren volver a arrastrar a esa barbarie que creímos haber superado.

Una de las bombas de destrucción masiva que nos dejó la última dictadura es el final de las utopías. Parece que nada puede pensarse por fuera del capitalismo: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Toda la ciencia ficción está atravesada por historias distópicas. Nadie quiere, o nadie puede, pensar un futuro mejor. Ahí hay una clave para que desde la calle y desde los lugares de trabajo podamos imaginar y construir otro tipo de sociedad.

Por Sergio Wischñevsky

Fuente: Página 12